miércoles, 12 de mayo de 2021

CANTOS SOBRE LA ILIADA Y LA PELÍCULA TROYA

Canto 1

Después de una corta invocación a la divinidad para que cante «la perniciosa ira de Aquiles», nos refiere el poeta que Crises, sacerdote de Apolo, va al campamento aqueo para rescatar a su hija, que había sido hecha cautiva y adjudicada como esclava a Agamenón; éste desprecia al sacerdote, se niega a darle la hija y lo despide con amenazadoras palabras; Apolo, indignado, suscita una terrible peste en el campamento; Aquiles reúne a ; los guerreros en el ágora por inspiración de la diosa Hera, y, habiendo dicho al adivino Calcante que hablara sin miedo, aunque tuviera que referirse a Agamenón, se sabe por fin que el comportamiento de Agamenón con el sacerdote Crises ha sido la causa del enojo del dios. Así, de un modo tan natural, se origina la discordia entre el caudillo supremo del ejército y el héroe más valiente. Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves –cumplíase la voluntad de Zeus– desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles. ¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Zeus y de Leto. –Que yo no te encuentre, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque demores tu partida, ya porque vuelvas luego; pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del dios. Tal fue su plegaria. Oyó la Febo Apolo, e irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Todo el día, hasta la puesta del sol, celebraron el festín; y nadie careció de su respectiva porción, ni faltó la hermosa cítara que tañía Apolo, ni las Musas, que con linda voz cantaban alternando. Zeus Olímpico, fulminador, se encaminó al lecho donde acostumbraba dormir cuando el dulce sueño le vencía. 


Canto 2 Hipnos engaña a Agamemnón. Catálogo de Naves

Para cumplir lo prometido a Tetis, Zeus envía un engañoso sueño a Agamenón, y le aconseja que levante el campamento y regrese a casa; Agamenón convoca el consejo de los jefes y luego la asamblea general de todos los guerreros, que aceptan la propuesta, por lo que Agamenón debe intervenir para insuflar coraje y buenas esperanzas a los aqueos. Las demás deidades y los hombres que en carros combaten durmieron toda la noche, pero Zeus no probó las dulzuras del sueño, porque su mente buscaba el medio de honrar a Aquileo y causar gran matanza junto a las naves aqueas. 


Canto 3 Juramentos. Combate singular entre Alejandro y Menelao

La primera se interrumpe para que se verifique el combate singular de Alejandro y Menelao, que no produce ningún resultado, pues, cuando aquél va a ser vencido, lo arrebata por los aires su madre la diosa Afrodita y lo lleva al lado de Helena. Así como el Noto derrama en las cumbres de un monte la niebla tan poco grata al pastor y más favorable que la noche para el ladrón, y sólo se ve el espacio a que alcanza un tiro de piedra; así también, una densa polvareda se levantaba bajo los pies de los que se ponían en marcha y atravesaban con gran presteza la llanura. 


Canto 4 Los dioses deciden en asamblea la continuación de la guerra. Violación de los juramentos y reorganización del ejército

Menelao lo busca por el campo de batalla y recibe en la c nointura el impacto de una flecha lanzada por Pándaro, que así rompe la tregua convenida por los dos ejércitos antes de empezar el singular desafío. Si a todos pluguiera y agradara, la ciudad del rey Príamo continuaría poblada y Menelao se llevaría la argiva Helena. Atenea y Hera, que tenían los asientos contiguos y pensaban en causar daño a los teucros, se mordieron los labios.


Canto 5 protagonismo de Diomedes


Entre los primeros, los aqueos, destaca Diomedes, siendo capaz de hacer huir a los mismísimos dioses Ares y Afrodita. Entonces Palas Atenea infundió a Diomedes Tidida valor y audacia, para que brillara entre todos los argivos y alcanzase inmensa gloria, e hizo salir de su casco y de su escudo una incesante llama parecida al astro que en otoño luce y centellea después de bañarse en el Océano. Tal resplandor despedían la cabeza y los hombros del héroe cuando Atenea le llevó al centro de la batalla, allí donde era mayor el número de guerreros que tumultuosamente se agitaban. Ideo saltó al suelo, abandonando el magnífico carro, sin que se atreviera a defender el cadáver –no se hubiese librado de la negra muerte–, y Hefesto le sacó salvo, envolviéndole en densa nube, a fin de que el anciano padre no se afligiera en demasía.

Cuando los altivos teucros vieron que uno de los hijos de Dares huía y el otro quedaba muerto entre los carros, a todos se les conmovió el corazón. Los dánaos pusieron en fuga a los teucros, y cada uno de sus caudillos mató a un hombre.


Canto 6 coloquio de Héctor y Andromaca

Entre los segundos, los troyanos, Héctor, que ha regresado a Troya para ordenar que las mujeres se congracien con Atenea con plegarias y ofrendas, cuando vuelve al campo de batalla, se encuentra con su esposa y con su hijo, aún de tierna edad. Ayante Telemonio, antemural de los aqueos, rompió el primero la falange no e hizo aparecer la aurora de la salvación entre los suyos, hiriendo de muerte al tracio mas denodado, al alto y valiente Acamante, hijo de Eusoro. Pero ninguno de ellos vino entonces a librarle de la lúgubre muerte, y Diomedes le quitó la vida a él y a su escudero Calesio, que gobernaba los caballos.

Canto 7 Combate singular de Héctor y Ayante –Levantamiento de los cadáveres

La segunda también se suspende , porque Héctor desafía a los héroes aqueos. Echadas las suertes, le toca a Ayante, y luchan hasta el anochecer. Como cuando un dios envía próspero viento a navegantes que lo anhelan porque están cansados de romper las olas, batiendo los pulidos remos, y tienen relajados los miembros a causa de la fatiga; así, tan deseados, aparecieron aquéllos a los tuecros. Paris mató a Menestio, que vivía en Arna y era hijo del rey Areitoo, famoso por su clava, y de Filomedusa la de los grandes ojos; y Héctor con la puntiaguda lanza tiró a Eyoneo un bote en la cerviz, debajo del casco de bronce, y dejóle sin vigor los miembros. Pero, al advertirlo Apolo desde Pérgamo, fue a oponérsele porque deseaba que los teucros ganaran la victoria. Encontráronse ambas deidades en la encina; y el soberano Apolo, hijo de Zeus, habló diciendo:
¿Por qué, enardecida nuevamente, oh hija del gran Zeus, vienes del Olimpo? ¿Qué poderoso afecto te mueve? ¿Acaso quieres dar a los aqueos la indecisa victoria? Porque de los teucros no te compadecerías, aunque estuviesen pereciendo.

Canto 8 Batalla interrumpida

Y la tercera es favorable a los troyanos, que quedan vencedores y pernoctan en el campo en vez de retirarse a la ciudad, y así poder rematar la victoria al día siguiente. Zeus, en asamblea divina había prohibido a los inmortales acudir en socorro de los hombres, y él ha ayudado a los troyanos. El dios que intente separarse de los demás y socorrer a los teucros o a los dánaos, como yo le vea, volverá afrentosamente golpeado al Olimpo; o cogiéndole, lo arrojaré al tenebroso Tártaro, muy lejos en lo más profundo del báratro debajo de la tierra –sus puertas son de hierro y el umbral, de bronce, y su profundidad desde el Hades como del cielo a la tierra– y conocerá en seguida cuánto aventaja mi poder al de las demás deidades. Así hablo, y todos callaron asombrados de sus palabras, pues fue mucha la vehemencia con que se expresara. Al fin, Atenea, la diosa de los brillantes ojos, dijo: ¡Padre nuestro, Cronión, el más excelso de los soberanos! bien sabemos que es incontrastable tu poder; pero tenemos lástima de los belicosos dánaos, que morirán, y se cumplirá su aciago destino.

Canto 9 Embajada a Aquiles -Súplicas

Agamenón, arrepentido y lamentando su disputa con Aquiles, por consejo de su anciano asesor Néstor, despacha a Ulises, Ayante y al viejo Fénix como embajadores ante Aquiles, para solicitar su ayuda, con plenos poderes para prometerle la devolución de Briseide y abundantes regalos que compensen la afrenta sufrida. Pero Aquiles se mantiene obstinado a inflexible. Así los teucros guardaban el campo. El Atrida, en gran dolor sumido El corazón, iba de un lado para otro y mandaba a los heraldos de voz sonora que convocaran a junta, nominalmente y en voz baja, a todos los capitanes, y también el los iba llamando y trabajaba como los más diligentes. Los guerreros acudieron afligidos. Levantóse Agamemnón, llorando, como fuente profunda que desde altísimo peñasco deja caer sus aguas sombrías; y despidiendo hondos suspiros, habló a los argivos: ¡Amigos, capitanes y príncipes de los argivos! En grave infortunio envolvióme Zeus. ¡Cruel! Me prometió y aseguró que no me iría sin destruir la bien murada Ilión y todo ha sido funesto engaño; pues ahora me manda regresar a Argos, sin gloria, después de haber perdido tantos hombres. En tales términos se expresó. Enmudecieron todos y permanecieron callados. Largo tiempo duró el silencio de los afligidos aqueos, mas al fin Diomedes, valiente en el combate, dijo: ¡Atrida! Empezaré combatiéndote por tu imprudencia, como es permitido hacerlo oh rey, en las juntas; pero no te irrites. Poco ha menospreciaste mi valor ante los dánaos, diciendo que soy cobarde y débil; lo saben los argivos todos, jóvenes y viejos.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario